jueves, 2 de junio de 2016

Rasgos de la nueva educación (VIII): Una nueva ética del trabajo

 Esta es la octava entrada de una serie de diez, que constituyen en conjunto una entrevista solicitada por una revista especializada en la nueva educación. 



Pregunta 8.    Ha abordado esta problemática en un trabajo de 2007, "La profesión docente en la sociedad de la información, nuevas dimensiones: la ética del trabajo", de ahí que sería interesante profundizar en esta línea de reflexión: ¿cómo debería ser el nuevo docente en la sociedad de la información? ¿Cuáles son, de acuerdo a este contexto, las competencias y/o habilidades que deberá desarrollar el sujeto del s. XXI?


Respuesta.-

Este artículo data de 2007, hoy habría que situarlo en un contexto más amplio y definido. Básicamente se decía, a partir del trabajo de Pekka Himanen, que en la Sociedad del Conocimiento la ética del trabajo estaba cambiando de una forma profunda. Estamos ante un cambio de paradigma. La ética del trabajo imperante en la Sociedad Industrial era la ética protestante del trabajo, la ética de Weber, la noción de trabajo como deber, que tiene como recompensa y como medida de su eficiencia el dinero. Sin embargo estas ideas empiezan a ser sustituida de forma incipiente, pero cada vez más, por otra ética: la que Himanenn llama “ética del hacker”. En ella el trabajo se plantea como una  actividad que procura comunicación, reconocimiento y relación, frente al trabajo medible en términos de dinero, de posesiones materiales, entendidos como bienestar o poder. Esta forma de entender el trabajo surge con fuerza entre los programadores de los ordenadores, pero prende en los profesionales, los técnicos, los artistas y los académicos. Aunque emerge de forma visible ahora, siempre ha existido y hay que buscar sus antecedentes en Platón, en el Banquete, Platón y Alcibíades, donde  se habla del «delirio báquico de la filosofía» que le fue transmitido por Sócrates. Esta pasión de los académicos es un tema recurrente en todos los escritos socráticos de Platón.

Los que definen así esta nueva ética del trabajo encuentran esta pasión como algo común en cualquier ámbito donde haya una componente de trabajo intelectual: Entre los artistas y los artesanos, los profesionales de la información, la medicina o la docencia. Entre los gerentes (quienes gestionan dirigen, coordinan equipos humanos), los tecnólogos (ingenieros, arquitectos, informáticos,...), los que trabajan en el mundo de la comunicación, el mundo editorial o en el diseño gráfico, audiovisual,... Este espíritu se ha popularizado, es lo que en alguno casos puede identificarse con un tipo especial de freekes y de friquismo, que no hay que identificar con el colgado por una pasión inútil. Los friquis de la serie Big-Bang Theory son miembros de una elite científica. Pero no es exclusivo, también se puede ser carpintero y tener la ética del hacker.

Esta ética se contrapone a la de Weber. En ésta el deber es lo más característico de una profesión en  la cultura capitalista y, en cierto sentido, constituye su fundamento. Se trata de una obligación que el individuo se supone debe sentir y siente hacía el contenido de su actividad profesional, con independencia de en qué consista ésta, sin que importe si consiste en una utilización de sus facultades personales o sólo de sus posesiones materiales (como capital). De hecho muchas veces se habla de capital humano.

En la investigación que se cita formulábamos como hipótesis que los rasgos que se atribuyen a la ética del hacker predominan, se dan con más frecuencia e intensidad en los entornos virtuales de aprendizaje que en los entornos convencionales. También formulamos que existe una covarianza
negativa entre ambos sistemas de ideas, ética de hacker y ética protestante del trabajo sobre validación y fundamentación del trabajo.

Pues bien, en contra de todas las suposiciones, la investigación puso de relieve que

De estos coeficientes se pueden extraer  dos conclusiones: No podemos decir a partir de este análisis que exista una dependencia o una covariación entre la percepción del trabajo como un deber y alguna de las otras opiniones que se analiza. Y la segunda conclusión, que es la más interesante de todo el análisis, y que sí se puede enunciar como un resultado categórico, es que

No existe dependencia entre la consideración del trabajo como un deber en los entornos virtuales de aprendizaje, por parte de los profesores que trabajan en estos entornos, y el considerar trabajar en estos entornos como más interesante que en los entornos convencionales.
O lo que es lo mismo
los profesores que trabajan en entornos virtuales consideran más interesante trabajar en estos que en los entornos convencionales, independientemente de cual sea la fundamentación que hagan del trabajo: como un deber (ética protestante) o como un entretenimiento o pasión (ética del hacker).

Esta es la conclusión más importante y la única categórica de este apartado y se
hace con referencia a la muestra y a la población del trabajo.

Sin embargo hay una conclusión menos importante pero muy significativa en el entorno donde se producen las innovaciones como imperativos institucionales que nuestros administradores debieran tener en cuenta: Hay casi una coincidencia en señalar como última o de menos importancia la razón para implicarse personalmente en innovaciones tecnológicas, es “el imperativo institucional”. Da la media más alta y la desviación típica más baja. Coincidencia muy significativa.
También se da una coincidencia de opiniones con respecto a las razones:
o Porque perciben que su trabajo tiene mayor repercusión social que en la modalidad presencial
o Porque se da con más grado el “espíritu de pionero” que en el correspondiente trabajo en modalidad presencial.

Con respecto a ésta última se da la circunstancia que es la segunda que obtiene una media más baja, es decir que se sitúa como segunda razón más importante para seguir esta modalidad de educación.
La primera razón alegada está netamente vinculada con la ética protestante del trabajo: “Por una mera cuestión de conciencia profesional (para hacer bien su trabajo habitual)”.

Hoy , nueve años después, tras leer y analizar los trabajos de Evers y Sther,  tras percibir los cambios que se están produciendo, enumerados en mi libro sobre la sociedad postindustrial, en relación con un nuevo proletariado en la Sociedad del Conocimiento, y sin disminuir la importancia de esta nueva ética,  quizá coincida más con las conclusiones finales del trabajo y crea que se ha creado una mística, y que ésta, la ética del trabajo así considerada, con estos dos polos, es una invariante en el carácter innovador de los profesores en general, no solo en tecnología educativa.


No sucede así entre los profesores que, en la teoría de la dinámica de las innovaciones, se consideran los “early adopters”, los innovadores o adoptadores precoces de las tecnologías en la educación, que ellos sí que son sensibles a la ética del hacker.

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